A la derecha de Lucas baja su río y el nuestro en el que siempre se da un chapuzón o dos, le encanta el agua, hacia el fondo por un estrecho y embarrado camino que conoce perfectamente está la hermosa cascada a la que yo ya no puedo llegar y por la derecha, el bosque y los caballos que esta vez no encontramos.
Comimos unos bocatas de lomo con su buen relleno, -y chuches para el viaje-, y bebimos un par de latas bien frías de ese agua azucarada marrón y con burbujas de una multinacional norteamericana que mi endocrina me prohibió tomar pero a la que nunca hice caso, no se, no me inspiraba confianza. Era una mujer insípida, pálida como si nunca le diera el sol, sin curvas ni pechos, nunca te miraba a la cara, a mi me recordaba a la señorita Rotenmeyer hasta que me decía; descúbrase y entonces me tocaba los testículos para concluir que tenían consistencia y tamaño normales y que no precisaban tratamiento por el momento. De testosterona estoy bien.
Sigamos con lo importante; Lucas estaba sentado a nuestro lado, tranquilo, paciente y esperando. De verdad que no se puede ser mas bueno. Lo único que no come son uvas y mandarinas. ¡Ojo! no se las come tal cual, porque curiosamente peladas si las toma, una pequeña extravagancia como cualquier otra, y en este tiempo el melón y la sandía.